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León XIV en España: ¿de qué memoria nos está hablando? [VERSIÓN EXTENDIDA]

No se puede hablar de reconciliación sin verdad y justicia, de perdón sin reparación, de unidad sin memoria. No se pueden señalar unas heridas y obviar otras. No se pueden poner en valor a unas víctimas y seguir revictimizando a otras. ¿Acaso hay víctimas que pertenecen a un Dios menor?

Manuel Sánchez Moreno

Integrante de la Asociación todos los niños robados son también mis niños Profesor en la Universidad Internacional de La Rioja
Leon-XIV

La reciente visita de León XIV a España, con una impresionante cobertura mediática y movilización social, ha dejado numerosas imágenes, discursos y gestos que han sido analizados desde perspectivas muy diversas. Si hacemos cuatro bloques de preocupaciones y asuntos pendientes de la Iglesia católica en general y de la española en particular, podemos decir que el protagonismo se lo ha llevado la doctrina social (migraciones, pobreza, guerra, ecología, derechos sociales); seguido de los abusos sexuales en contextos eclesiales; con algo de más distancia la doctrina moral (aborto, eutanasia, familia tradicional); y en modo ausente la memoria histórica y democrática de la Iglesia en el Estado español, su papel durante el nacionalcatolicismo franquista y la ausencia de colaboración en peticiones como la apertura de archivos, reclamada por las víctimas, por poner sólo un ejemplo.

Se ha hablado de la posición de la Iglesia respecto a la polarización política, de sus llamamientos al diálogo, de sus referencias a la cultura del encuentro, de su firme oposición al aborto y a la eutanasia, e incluso de su relación con los debates contemporáneos sobre identidad y religión. Sin embargo, existe un elemento que ha pasado más desapercibido y que, a nuestro juicio, merece una atención especial: su insistente apelación a la memoria. Pero ¿se puede aludir a la memoria obviando la memoria histórica y democrática?

A lo largo de sus intervenciones, León XIV ha recurrido en varias ocasiones a términos como memoria, recuerdo, tradición, raíces o herencia. Quizá la formulación más significativa fue aquella en la que llamó a construir “una sociedad renovada donde la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo”. La frase posee una evidente fuerza simbólica, y precisamente por ello plantea una pregunta fundamental: ¿de qué memoria está hablando el Papa?

La cuestión no es menor. España es uno de los países europeos donde el debate sobre la memoria ocupa un lugar central en la vida pública. La Guerra Civil, la dictadura franquista, las víctimas de la represión, las exhumaciones de fosas comunes, los ‘bebés robados’ o las responsabilidades de distintas instituciones durante el siglo XX forman parte de un intenso proceso de construcción de memoria democrática que continúa sin resolverse. En este contexto, cualquier apelación a la memoria adquiere inevitablemente una dimensión política.

Sin embargo, resulta llamativo que León XIV no haya hecho referencias explícitas a ninguno de estos debates. En sus discursos no aparecen menciones directas a la Guerra Civil, al franquismo, a la memoria democrática, a las víctimas de la represión o a las responsabilidades históricas de la Iglesia católica. Las múltiples referencias que ha realizado a la verdad o a la reparación se han realizado fuera del marco de la justicia transicional.

Esto no significa necesariamente una oposición a la memoria democrática. Sería una conclusión precipitada y probablemente injusta, pero tampoco permite afirmar que el Papa haya asumido explícitamente ese marco interpretativo. Más bien parece situarse en otro terreno.

La memoria que emerge de sus discursos parece ser una memoria cultural, espiritual y civilizatoria. Una memoria vinculada a las raíces, a la tradición, al patrimonio y a la historia compartida. Una memoria concebida como elemento de cohesión social y fundamento del diálogo. En este sentido, León XIV parece inscribirse en una larga tradición eclesial que ha privilegiado conceptos como reconciliación, concordia, encuentro, perdón o unidad frente a otros lenguajes más asociados a los conflictos de memoria, como es la justicia.

Esta aproximación no resulta ajena a la propia reflexión de la Iglesia sobre el pasado. En el documento Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado (2000), la Comisión Teológica Internacional sostuvo que la memoria cristiana no puede reducirse ni al olvido ni a la mera conmemoración, sino que está llamada a convertirse en un ejercicio de verdad, discernimiento y conversión. El texto defendía la necesidad de una “purificación de la memoria” capaz de reconocer críticamente los errores históricos cometidos por los hijos de la Iglesia para que el recuerdo del pasado contribuya a la reconciliación y no a la perpetuación de los conflictos. Desde esta perspectiva, memoria y reconciliación no aparecen como conceptos opuestos, sino como dimensiones inseparables de un mismo proceso ético y espiritual.

Al referirse a los abusos sexuales cometidos en el seno de la Iglesia, León XIV los describió como una “plaga” y una “llaga” que se arrastra desde hace mucho tiempo, insistiendo en la necesidad de escuchar a las víctimas y de afrontar con honestidad esta realidad. Resulta llamativo que sea precisamente en este ámbito donde el pontífice parece acercarse con mayor claridad a una memoria entendida como reconocimiento del sufrimiento, asunción de responsabilidades y transformación institucional. En este caso, la reconciliación no aparece contrapuesta a la verdad, sino vinculada a ella.

Precisamente por ello resulta especialmente interesante analizar qué significado adquiere la palabra memoria en los discursos de León XIV. Si la memoria debe contribuir al diálogo y a la reconciliación, como ha señalado reiteradamente el pontífice, la cuestión no es únicamente qué aspectos del pasado son recordados, sino también cómo se integran en ese recuerdo las experiencias de sufrimiento, exclusión y vulneración de la dignidad humana que continúan interpelando a las sociedades contemporáneas.

Sin embargo, reducir los discursos de León XIV a una apelación genérica a las raíces culturales sería insuficiente. Junto a las referencias a la tradición y a la memoria, el pontífice ha recuperado en varias ocasiones la herencia intelectual de la Escuela de Salamanca y la contribución española al nacimiento del derecho internacional moderno. No se trata de una referencia menor. Al evocar figuras como Francisco de Vitoria o la reflexión teológica y jurídica desarrollada en la España del siglo XVI, León XIV sitúa la memoria histórica española en un horizonte distinto al de las habituales disputas nacionales sobre el pasado. Más que reivindicar una identidad cerrada o una nostalgia de grandezas pretéritas, parece interesado en rescatar aquellas tradiciones intelectuales que contribuyeron a formular principios universales sobre la dignidad humana, la justicia entre los pueblos y los límites del poder político.

En este sentido, la memoria aparece vinculada no sólo a la identidad, sino también a la responsabilidad ética. La apelación al derecho internacional resulta especialmente significativa en un momento marcado por la guerra en Ucrania, la devastación de Gaza, el debilitamiento del multilateralismo y el cuestionamiento creciente de las instituciones internacionales. Frente a quienes presentan el derecho internacional como una construcción frágil o irrelevante, León XIV parece reivindicar precisamente una de sus raíces históricas más importantes: la reflexión desarrollada por la Escuela de Salamanca sobre la dignidad de todos los pueblos, los límites de la guerra y la existencia de normas universales por encima de la fuerza.

Junto a estas referencias a la tradición intelectual y espiritual española, León XIV ha insistido también en cuestiones que ocupan un lugar central en la doctrina social de la Iglesia contemporánea. Entre ellas destaca su oposición a las políticas de prioridad nacional y preocupación por las personas migrantes y refugiadas, especialmente en su visita a Canarias, así como por quienes sufren las consecuencias de la pobreza, la exclusión y los conflictos armados. En continuidad con el magisterio reciente, el Papa ha recordado que la dignidad humana no puede quedar subordinada a intereses económicos, identitarios o geopolíticos. Estas referencias permiten situar sus discursos más allá de una mera reivindicación del pasado y muestran una voluntad de conectar la memoria de determinadas tradiciones humanistas cristianas con algunos de los desafíos éticos más urgentes del presente.

Esta preocupación por la dignidad humana se hizo visible también durante su estancia en Barcelona. En uno de los actos más multitudinarios de la visita, León XIV llamó la atención sobre el drama de los feminicidios. Un reconocimiento a la violencia basada en género que está en la base de los crímenes franquistas contra las mujeres, amparados, provocados y asumidos por la moral nacionalcatólica.

Precisamente por ello, la cuestión de la memoria adquiere una relevancia aún mayor. Si la memoria sirve para iluminar el presente y orientar el compromiso con quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad, resulta legítimo preguntarse qué lugar ocupan en esa memoria las experiencias históricas de sufrimiento, exclusión e injusticia que siguen reclamando reconocimiento en España amparadas, además, por el derecho internacional.

Surge una paradoja interesante. Cuando León XIV habla de la memoria española, parece sentirse más cómodo evocando la tradición humanista y universalista de Salamanca que entrando en las memorias conflictivas asociadas a la Guerra Civil, el franquismo o las responsabilidades históricas de la propia Iglesia. Dicho de otro modo, la memoria que reivindica es fundamentalmente una memoria de aportaciones, de ideas y de legados intelectuales compartidos, mientras que permanece más ambiguo respecto a aquellas memorias vinculadas al sufrimiento, la violencia y las víctimas.

Esta cuestión resulta especialmente interesante porque la memoria nunca es un concepto neutral. Los estudios contemporáneos sobre memoria histórica han mostrado que no existe una única memoria, sino múltiples memorias que compiten entre sí por definir el significado del pasado. No es lo mismo hablar de memoria cultural que de memoria democrática. No es lo mismo recordar las raíces de una comunidad que reconocer a las víctimas de una violencia histórica. No es lo mismo invocar la reconciliación que afrontar las responsabilidades derivadas de un pasado traumático.

Por eso, cuando un líder político o religioso habla de memoria sin especificar su contenido, el análisis no puede limitarse a registrar la presencia de la palabra. Debe preguntarse qué memorias son visibilizadas y cuáles se omiten.

Desde esta perspectiva, quizá lo más significativo de la visita de León XIV no sea tanto aquello que ha dicho sobre la memoria como aquello que ha decidido no decir. El silencio sobre determinadas memorias conflictivas constituye también una forma de posicionamiento. No necesariamente de negación, pero sí de delimitación del marco desde el que se aborda el pasado.

La importancia de la memoria en el cristianismo no responde únicamente a una preocupación histórica o cultural. Se encuentra en el núcleo mismo de la experiencia creyente. La tradición bíblica está construida sobre el mandato de recordar. Israel es continuamente invitado a hacer memoria de la esclavitud en Egipto, de la liberación, de las alianzas y de las infidelidades de su propia historia. La memoria bíblica no consiste en una simple evocación del pasado, sino en un ejercicio que actualiza acontecimientos anteriores para iluminar el presente y orientar la acción futura. Recordar implica asumir una responsabilidad ética. Por eso la memoria bíblica nunca es puramente celebrativa; junto al recuerdo de la salvación aparece también el reconocimiento de los errores, las injusticias y las rupturas que marcaron la historia del pueblo.

Esta dimensión alcanza su expresión más profunda en el cristianismo a través de la noción de anamnesis. Cuando Jesús pronuncia en la Última Cena las palabras “haced esto en memoria mía”, no está pidiendo únicamente conservar un recuerdo afectivo de su persona. La memoria cristiana consiste en hacer presente una historia de entrega, sufrimiento y esperanza que interpela permanentemente a la comunidad creyente. La Eucaristía constituye, en este sentido, el centro de una memoria que no mira únicamente hacia atrás, sino que transforma el presente y proyecta un horizonte de justicia y reconciliación. La memoria cristiana es, por definición, una memoria proactiva y transformadora.

Fue precisamente esta intuición la que Johann Baptist Metz desarrolló bajo el concepto de memoria passionis. Frente a las tendencias que reducen la fe a una experiencia privada o espiritualizada, Metz defendió que el cristianismo conserva una memoria peligrosa: la memoria de quienes sufrieron, fueron excluidos o derrotados por la historia. Esa memoria impide clausurar definitivamente el pasado y obliga a confrontar las heridas que permanecen abiertas. Desde esta perspectiva, la reconciliación auténtica no puede construirse sobre el olvido ni sobre una armonía superficial, sino sobre el reconocimiento del sufrimiento de las víctimas y la responsabilidad de las comunidades frente a ese sufrimiento. una memoria capaz de interpelar a las sociedades y a las instituciones desde el sufrimiento de quienes han sido excluidos, perseguidos o silenciados. Una memoria que no sólo recuerde el pasado, sino que transforme el presente.

A la luz de esta tradición teológica, las referencias de León XIV a la memoria adquieren una especial relevancia. La cuestión no es únicamente si el Papa apela a la memoria, sino qué comprensión de la memoria emerge de sus discursos. ¿Se trata principalmente de una memoria de las raíces culturales y espirituales que sostienen la convivencia?, ¿o incorpora también aquella memoria crítica que, siguiendo la tradición bíblica, la reflexión de Metz y las orientaciones de la Comisión Teológica Internacional invita a confrontar las heridas del pasado para hacer posible una reconciliación más profunda? La respuesta a esta pregunta resulta particularmente significativa en una sociedad como la española, donde las disputas sobre el pasado continúan formando parte del debate público.

Este tema resulta especialmente relevante cuando se analiza desde la perspectiva de una memoria inclusiva. El informe Hacia una memoria democrática inclusiva: investigación multidisciplinar sobre el robo de niñas y niños en el Estado español desde una perspectiva de género recuerda que la construcción de una memoria democrática exige incorporar también aquellas experiencias históricas que durante décadas permanecieron invisibilizadas o marginadas de los relatos públicos. Desde esta perspectiva, la memoria no consiste únicamente en conservar un legado común, sino también en reconocer a quienes quedaron excluidos de él y continúan reclamando verdad, reconocimiento, escucha y justicia.

En España, esta cuestión afecta a los debates sobre la Guerra Civil, la dictadura franquista y sus epílogos en una transición y democracia que no depuraron los vicios dictatoriales nacionalcatólicos. Nos referimos concretamente al fenómeno de la desaparición forzada de menores, los denominados ‘bebés robados’. El informe referido en el párrafo anterior señala un conjunto de prácticas desarrolladas durante décadas, que provocaron la separación forzada de miles de niñas y niños de sus familias biológicas y cuyas consecuencias siguen afectando hoy a numerosas víctimas. Más allá de las controversias jurídicas o historiográficas, el caso de los ‘bebés robados’ plantea una cuestión fundamental desde la perspectiva de la memoria: cómo integrar en el relato colectivo aquellas experiencias de sufrimiento que permanecieron durante años invisibilizadas o silenciadas, y qué papel corresponde a las instituciones -como la Iglesia católica- que, por acción, colaboración o silencio estuvieron vinculadas a ese contexto histórico.

Esta demanda de reconocimiento no pertenece únicamente al ámbito de la memoria social o de las asociaciones de víctimas. En los últimos años se han impulsado diversas iniciativas institucionales, entre ellas una proposición de ley estatal, profusamente trabajada por distintos grupos parlamentarios, destinada a garantizar los derechos a la verdad, la investigación, el reconocimiento, la justicia, la no repetición, y la reparación de las personas afectadas por el crimen de los ‘bebés robados’, reflejando la progresiva incorporación de esta cuestión a las políticas públicas de memoria democrática.

El ejemplo resulta especialmente significativo porque muestra que la memoria no se refiere únicamente a acontecimientos lejanos o a grandes relatos nacionales. También interpela a instituciones concretas y a comunidades vivas que todavía hoy deben enfrentarse a las consecuencias de decisiones tomadas en el pasado. En este sentido, la memoria cristiana, entendida como ejercicio de verdad y reconciliación, se encuentra llamada a dialogar no sólo con las tradiciones que una sociedad celebra, sino también con aquellas heridas que continúan reclamando escucha y reconocimiento.

Si la memoria que León XIV reivindica pretende fortalecer la dignidad humana y favorecer el encuentro, quizá uno de sus mayores desafíos consista precisamente en dialogar con aquellas memorias que, como la de los ‘bebés robados’, siguen recordando que la reconciliación sólo puede consolidarse plenamente cuando las víctimas encuentran un espacio efectivo de verdad, reconocimiento, escucha y justicia.

La pregunta, entonces, es si la memoria propuesta por León XIV se aproxima a esta memoria de las víctimas o si, por el contrario, se orienta hacia una memoria más anestésica y del perdón sin justicia. Por el momento, los indicios apuntan más bien hacia la segunda opción. El Papa ha insistido en la necesidad del diálogo, la convivencia y el encuentro, evitando adentrarse en las disputas concretas que atraviesan la sociedad española en torno al pasado.

Esta elección no debe interpretarse únicamente en clave española. Forma parte también de un estilo eclesial más amplio. La Santa Sede suele mostrarse prudente ante conflictos memoriales nacionales, especialmente cuando implican responsabilidades históricas complejas y afectan a comunidades profundamente divididas. El riesgo de ser percibida como un actor partidista es evidente. Sin embargo, esa misma prudencia la posiciona políticamente, y plantea interrogantes legítimos cuando se trata de contextos marcados por graves vulneraciones de derechos humanos.

Quizá el principal desafío que deja esta visita sea precisamente ese. En una época en la que las sociedades democráticas se preguntan cómo relacionarse con sus pasados traumáticos, la Iglesia católica también está llamada a reflexionar sobre qué significa recordar. ¿Es suficiente una memoria orientada a la reconciliación? ¿Puede haber reconciliación sin verdad? ¿Puede existir memoria sin reconocimiento de las víctimas? ¿Qué lugar ocupan la justicia y la reparación en el discurso eclesial contemporáneo?

León XIV ha hablado de memoria, ya lo hemos indicado. Lo ha hecho varias veces y en términos inequívocamente positivos, pero quizá la cuestión decisiva no sea si ha hablado de ella, sino qué tipo de memoria está proponiendo, la del perdón, la cultural, la del derecho internacional, porque realmente ninguna es incompatible con la memoria democrática, ausente en esta visita papal. Como bien sabemos quiénes trabajamos en el ámbito de la memoria histórica y los derechos humanos, el verdadero debate nunca ha sido si recordar o no recordar. El verdadero debate siempre ha sido qué recordar, a quién recordar y para qué recordar. Y es precisamente ahí donde los discursos de esta visita ofrecen un terreno tan sugerente como todavía abierto a la interpretación.

El Papa ha demostrado durante esta visita que es capaz de abordar algunas memorias dolorosas desde la escucha a las víctimas y el reconocimiento del daño. La cuestión que permanece abierta es cómo se proyecta esa misma lógica sobre otras memorias traumáticas presentes en la sociedad española. No sabemos si las ha evitado explícitamente, posicionándose así políticamente o no le han informado tan bien como en el caso de la migración, la polarización política o el empobrecimiento, cuestiones fundamentales en las que sí se ha mojado. Si desconoce este tema, ojalá que Su Santidad pueda leer estas palabras.

No se puede hablar de reconciliación sin verdad y justicia, de perdón sin reparación, de unidad sin memoria. No se pueden señalar unas heridas y obviar otras. No se pueden poner en valor a unas víctimas y seguir revictimizando a otras. ¿Acaso hay víctimas que pertenecen a un Dios menor?

Hay una duda que nos inquieta: ¿Puede una Iglesia destacar la memoria para favorecer el diálogo, fortalecer la convivencia y poner en el centro la dignidad de las personas, así como reivindicar con fuerza la tradición que ayudó a fundar el derecho internacional y los derechos humanos sin afrontar con igual intensidad aquellas situaciones históricas, como el franquismo y sus epílogos, en las que esos principios fueron vulnerados, incluso con la participación o el silencio de instituciones eclesiales?

Curiosamente, el día que León XIV volaba de vuelta a Roma, yo me encontraba volando hacia la misma dirección por temas académicos. Una de mis tareas obligadas siempre que estoy en la ciudad eterna es visitar a una madre. Sí, en esta ocasión, contemplando la Pietà de Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro del Vaticano, había comprendido de un vistazo las preguntas que deja la visita del Papa.

Frente a una tradición que a menudo ha privilegiado los grandes relatos, la Pietà sitúa en el centro a una madre sosteniendo el cuerpo lacerado de su hijo. No hay poder ni triunfo, sino vulnerabilidad, duelo y memoria. Desde esta perspectiva, la memoria cristiana no puede limitarse a la conservación de una herencia cultural o espiritual, sino que está llamada a reconocer el sufrimiento concreto de las víctimas y de quienes cargan con su ausencia. La Pietà recuerda que el sufrimiento concreto de las personas tiene rostro, nombre e historia; que detrás de cada víctima hay una biografía truncada, una familia y una ausencia que reclama ser reconocida.

María en los Evangelios es la que siempre está hasta el final, hasta los pies de la cruz. Es la que “guardaba todo en su corazón” precisamente para “recordar” que, etimológicamente, significa “volver a pasar por el corazón”. La figura de María resuena así con tantas mujeres que, en España, han buscado a sus hijas e hijos desaparecidos, desde las madres de los ‘bebés robados’ hasta otras mujeres que han sostenido la memoria frente al silencio y el olvido, a los pies de la cruz, sosteniendo a sus crucificados. Tal vez una memoria verdaderamente reconciliadora, como la que León XIV parece invocar, deba parecerse más a esa poderosa escultura.

Sí, se debe parecer más a la Piedad: una memoria que no renuncia a contemplar el dolor, pero que tampoco deja de afirmar la dignidad de quienes lo padecieron. Una memoria capaz de mirar de frente las heridas. Una memoria que escucha y reconoce a las víctimas sin convertirlas en prisioneras de su sufrimiento. Una memoria que, precisamente porque recuerda, lucha por la justicia.


Artículo publicado en Nueva Revolución

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