Archivo de junio 2026

León XIV en España: ¿de qué memoria nos está hablando? [VERSIÓN CORTA]

La reciente visita de León XIV a España ha dejado una intensa agenda de discursos, encuentros y gestos que han sido analizados desde perspectivas muy diversas. Si hubiera que resumir los grandes temas presentes durante estos días, destacarían la doctrina social de la Iglesia —migraciones, pobreza, guerra, derechos sociales o ecología—, la cuestión de los abusos sexuales en contextos eclesiales y, en menor medida, los debates relacionados con la doctrina moral. Sin embargo, existe una ausencia llamativa: la memoria histórica y democrática española y el papel desempeñado por la Iglesia durante el nacionalcatolicismo franquista y sus epílogos.

A lo largo de la visita, el Papa ha recurrido en varias ocasiones a términos como memoria, tradición, raíces o herencia. Quizá la expresión más significativa fue aquella en la que llamó a construir “una sociedad renovada donde la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo”. La frase posee una evidente fuerza simbólica. Pero precisamente por ello plantea una pregunta fundamental: ¿de qué memoria está hablando?

España es uno de los países europeos donde el debate sobre la memoria ocupa un lugar central en la vida pública. La Guerra Civil, la dictadura franquista, las exhumaciones, las víctimas de la represión o los denominados bebés robados forman parte de un proceso de construcción de memoria democrática todavía abierto. Sin embargo, León XIV no ha realizado referencias explícitas a ninguno de estos debates. Ello no implica necesariamente una oposición a la memoria democrática, pero tampoco permite afirmar que la haya asumido como marco interpretativo.

León XIV parece situarse en una larga tradición eclesial que ha privilegiado conceptos como reconciliación, encuentro y concordia

La memoria que emerge de sus discursos parece ser principalmente una memoria cultural, espiritual y civilizatoria. Una memoria vinculada a las raíces compartidas, al patrimonio y a la historia común. En este sentido, León XIV parece situarse en una larga tradición eclesial que ha privilegiado conceptos como reconciliación, encuentro y concordia.

Esta aproximación no resulta ajena a la propia reflexión de la Iglesia. El documentoMemoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado (2000), de la Comisión Teológica Internacional, defendía la necesidad de una “purificación de la memoria” capaz de reconocer críticamente los errores históricos para que el recuerdo del pasado contribuyera a la reconciliación y no a la perpetuación de los conflictos. Memoria y reconciliación no aparecen, así como conceptos opuestos, sino como dimensiones inseparables de un mismo proceso ético y espiritual.

Resulta significativo que León XIV haya aplicado esta lógica con especial claridad al referirse a los abusos sexuales en la Iglesia, que describió como una “plaga” y una “llaga” que viene de lejos. En este ámbito insistió en la escucha a las víctimas, el reconocimiento del daño y la necesidad de afrontar la realidad con honestidad. Es probablemente el momento de toda la visita en que más claramente se aproxima a una memoria entendida como verdad, reconocimiento y responsabilidad.

Pero la visita también mostró otra dimensión de su pontificado. León XIV recuperó la herencia de la Escuela de Salamanca y la contribución española al nacimiento del derecho internacional moderno, reivindicando una tradición humanista basada en la dignidad humana y los límites del poder. Del mismo modo, expresó una firme preocupación por las migraciones, especialmente durante su visita a Canarias, y denunció en Barcelona el drama de los feminicidios. Son referencias que muestran a un Papa especialmente sensible a las formas contemporáneas de vulnerabilidad y exclusión.

Precisamente por ello, la cuestión de la memoria adquiere una relevancia aún mayor. Si la memoria sirve para iluminar el presente y orientar el compromiso con quienes sufren, resulta legítimo preguntarse qué lugar ocupan en ella las experiencias históricas de sufrimiento que siguen reclamando reconocimiento.

Aquí emerge una cuestión especialmente relevante para la sociedad española. El informeHacia una memoria democrática inclusiva: investigación multidisciplinar sobre el robo de niñas y niños en el Estado español desde una perspectiva de género recuerda que una memoria verdaderamente democrática exige incorporar también aquellas experiencias históricas que durante décadas permanecieron invisibilizadas. Entre ellas se encuentra el fenómeno de los bebés robados, una de las heridas más persistentes de nuestro pasado reciente. No se trata únicamente de una reivindicación asociativa. La propia proposición de ley sobre bebés robados refleja la progresiva incorporación de estas demandas de verdad, reconocimiento, justicia y reparación al ámbito institucional.

La cuestión de fondo es si la memoria propuesta por León XIV incorpora también esta memoria de las víctimas o si se orienta principalmente hacia una memoria integradora y reconciliadora. Los indicios apuntan más bien hacia la segunda opción. El Papa ha insistido en el diálogo, la convivencia y el encuentro, evitando entrar en los conflictos memoriales concretos que atraviesan la sociedad española.

Si León XIV ha demostrado durante esta visita que es capaz de abordar algunas heridas desde la perspectiva de las víctimas, la pregunta que permanece abierta es cómo proyectar esa misma lógica sobre otras memorias dolorosas presentes en nuestra sociedad.

Sin embargo, una reconciliación auténtica difícilmente puede construirse sobre el olvido. No puede haber reconciliación sin verdad, ni reconocimiento sin escucha. Si León XIV ha demostrado durante esta visita que es capaz de abordar algunas heridas desde la perspectiva de las víctimas —como ocurre con los abusos en la Iglesia—, la pregunta que permanece abierta es cómo proyectar esa misma lógica sobre otras memorias dolorosas presentes en nuestra sociedad. ¿No tienen todas las víctimas la misma importancia?, ¿acaso hay víctimas de un Dios menor?

Quizá una imagen ayude a comprender mejor esta cuestión. La Piedad de Miguel Ángel, en la Basílica de San Pedro, no representa una victoria ni un triunfo, sino a una madre sosteniendo el cuerpo herido de su hijo. En ella aparecen condensadas la vulnerabilidad, el duelo y la memoria. María recuerda a tantas mujeres que han sostenido la memoria frente al silencio y el olvido, desde las madres de los bebés robados hasta tantas otras víctimas invisibilizadas por la historia.

Tal vez una memoria verdaderamente reconciliadora deba parecerse más a esa imagen: una memoria capaz de mirar de frente las heridas, escuchar a las víctimas y reconocer su dignidad. Una memoria que, precisamente porque recuerda, no renuncia a la justicia. Ojalá que estas palabras lleguen a Su Santidad.

Artículo publicado en El Salto

León XIV en España: ¿de qué memoria nos está hablando? [VERSIÓN EXTENDIDA]

La reciente visita de León XIV a España, con una impresionante cobertura mediática y movilización social, ha dejado numerosas imágenes, discursos y gestos que han sido analizados desde perspectivas muy diversas. Si hacemos cuatro bloques de preocupaciones y asuntos pendientes de la Iglesia católica en general y de la española en particular, podemos decir que el protagonismo se lo ha llevado la doctrina social (migraciones, pobreza, guerra, ecología, derechos sociales); seguido de los abusos sexuales en contextos eclesiales; con algo de más distancia la doctrina moral (aborto, eutanasia, familia tradicional); y en modo ausente la memoria histórica y democrática de la Iglesia en el Estado español, su papel durante el nacionalcatolicismo franquista y la ausencia de colaboración en peticiones como la apertura de archivos, reclamada por las víctimas, por poner sólo un ejemplo.

Se ha hablado de la posición de la Iglesia respecto a la polarización política, de sus llamamientos al diálogo, de sus referencias a la cultura del encuentro, de su firme oposición al aborto y a la eutanasia, e incluso de su relación con los debates contemporáneos sobre identidad y religión. Sin embargo, existe un elemento que ha pasado más desapercibido y que, a nuestro juicio, merece una atención especial: su insistente apelación a la memoria. Pero ¿se puede aludir a la memoria obviando la memoria histórica y democrática?

A lo largo de sus intervenciones, León XIV ha recurrido en varias ocasiones a términos como memoria, recuerdo, tradición, raíces o herencia. Quizá la formulación más significativa fue aquella en la que llamó a construir “una sociedad renovada donde la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo”. La frase posee una evidente fuerza simbólica, y precisamente por ello plantea una pregunta fundamental: ¿de qué memoria está hablando el Papa?

La cuestión no es menor. España es uno de los países europeos donde el debate sobre la memoria ocupa un lugar central en la vida pública. La Guerra Civil, la dictadura franquista, las víctimas de la represión, las exhumaciones de fosas comunes, los ‘bebés robados’ o las responsabilidades de distintas instituciones durante el siglo XX forman parte de un intenso proceso de construcción de memoria democrática que continúa sin resolverse. En este contexto, cualquier apelación a la memoria adquiere inevitablemente una dimensión política.

Sin embargo, resulta llamativo que León XIV no haya hecho referencias explícitas a ninguno de estos debates. En sus discursos no aparecen menciones directas a la Guerra Civil, al franquismo, a la memoria democrática, a las víctimas de la represión o a las responsabilidades históricas de la Iglesia católica. Las múltiples referencias que ha realizado a la verdad o a la reparación se han realizado fuera del marco de la justicia transicional.

Esto no significa necesariamente una oposición a la memoria democrática. Sería una conclusión precipitada y probablemente injusta, pero tampoco permite afirmar que el Papa haya asumido explícitamente ese marco interpretativo. Más bien parece situarse en otro terreno.

La memoria que emerge de sus discursos parece ser una memoria cultural, espiritual y civilizatoria. Una memoria vinculada a las raíces, a la tradición, al patrimonio y a la historia compartida. Una memoria concebida como elemento de cohesión social y fundamento del diálogo. En este sentido, León XIV parece inscribirse en una larga tradición eclesial que ha privilegiado conceptos como reconciliación, concordia, encuentro, perdón o unidad frente a otros lenguajes más asociados a los conflictos de memoria, como es la justicia.

Esta aproximación no resulta ajena a la propia reflexión de la Iglesia sobre el pasado. En el documento Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado (2000), la Comisión Teológica Internacional sostuvo que la memoria cristiana no puede reducirse ni al olvido ni a la mera conmemoración, sino que está llamada a convertirse en un ejercicio de verdad, discernimiento y conversión. El texto defendía la necesidad de una “purificación de la memoria” capaz de reconocer críticamente los errores históricos cometidos por los hijos de la Iglesia para que el recuerdo del pasado contribuya a la reconciliación y no a la perpetuación de los conflictos. Desde esta perspectiva, memoria y reconciliación no aparecen como conceptos opuestos, sino como dimensiones inseparables de un mismo proceso ético y espiritual.

Al referirse a los abusos sexuales cometidos en el seno de la Iglesia, León XIV los describió como una “plaga” y una “llaga” que se arrastra desde hace mucho tiempo, insistiendo en la necesidad de escuchar a las víctimas y de afrontar con honestidad esta realidad. Resulta llamativo que sea precisamente en este ámbito donde el pontífice parece acercarse con mayor claridad a una memoria entendida como reconocimiento del sufrimiento, asunción de responsabilidades y transformación institucional. En este caso, la reconciliación no aparece contrapuesta a la verdad, sino vinculada a ella.

Precisamente por ello resulta especialmente interesante analizar qué significado adquiere la palabra memoria en los discursos de León XIV. Si la memoria debe contribuir al diálogo y a la reconciliación, como ha señalado reiteradamente el pontífice, la cuestión no es únicamente qué aspectos del pasado son recordados, sino también cómo se integran en ese recuerdo las experiencias de sufrimiento, exclusión y vulneración de la dignidad humana que continúan interpelando a las sociedades contemporáneas.

Sin embargo, reducir los discursos de León XIV a una apelación genérica a las raíces culturales sería insuficiente. Junto a las referencias a la tradición y a la memoria, el pontífice ha recuperado en varias ocasiones la herencia intelectual de la Escuela de Salamanca y la contribución española al nacimiento del derecho internacional moderno. No se trata de una referencia menor. Al evocar figuras como Francisco de Vitoria o la reflexión teológica y jurídica desarrollada en la España del siglo XVI, León XIV sitúa la memoria histórica española en un horizonte distinto al de las habituales disputas nacionales sobre el pasado. Más que reivindicar una identidad cerrada o una nostalgia de grandezas pretéritas, parece interesado en rescatar aquellas tradiciones intelectuales que contribuyeron a formular principios universales sobre la dignidad humana, la justicia entre los pueblos y los límites del poder político.

En este sentido, la memoria aparece vinculada no sólo a la identidad, sino también a la responsabilidad ética. La apelación al derecho internacional resulta especialmente significativa en un momento marcado por la guerra en Ucrania, la devastación de Gaza, el debilitamiento del multilateralismo y el cuestionamiento creciente de las instituciones internacionales. Frente a quienes presentan el derecho internacional como una construcción frágil o irrelevante, León XIV parece reivindicar precisamente una de sus raíces históricas más importantes: la reflexión desarrollada por la Escuela de Salamanca sobre la dignidad de todos los pueblos, los límites de la guerra y la existencia de normas universales por encima de la fuerza.

Junto a estas referencias a la tradición intelectual y espiritual española, León XIV ha insistido también en cuestiones que ocupan un lugar central en la doctrina social de la Iglesia contemporánea. Entre ellas destaca su oposición a las políticas de prioridad nacional y preocupación por las personas migrantes y refugiadas, especialmente en su visita a Canarias, así como por quienes sufren las consecuencias de la pobreza, la exclusión y los conflictos armados. En continuidad con el magisterio reciente, el Papa ha recordado que la dignidad humana no puede quedar subordinada a intereses económicos, identitarios o geopolíticos. Estas referencias permiten situar sus discursos más allá de una mera reivindicación del pasado y muestran una voluntad de conectar la memoria de determinadas tradiciones humanistas cristianas con algunos de los desafíos éticos más urgentes del presente.

Esta preocupación por la dignidad humana se hizo visible también durante su estancia en Barcelona. En uno de los actos más multitudinarios de la visita, León XIV llamó la atención sobre el drama de los feminicidios. Un reconocimiento a la violencia basada en género que está en la base de los crímenes franquistas contra las mujeres, amparados, provocados y asumidos por la moral nacionalcatólica.

Precisamente por ello, la cuestión de la memoria adquiere una relevancia aún mayor. Si la memoria sirve para iluminar el presente y orientar el compromiso con quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad, resulta legítimo preguntarse qué lugar ocupan en esa memoria las experiencias históricas de sufrimiento, exclusión e injusticia que siguen reclamando reconocimiento en España amparadas, además, por el derecho internacional.

Surge una paradoja interesante. Cuando León XIV habla de la memoria española, parece sentirse más cómodo evocando la tradición humanista y universalista de Salamanca que entrando en las memorias conflictivas asociadas a la Guerra Civil, el franquismo o las responsabilidades históricas de la propia Iglesia. Dicho de otro modo, la memoria que reivindica es fundamentalmente una memoria de aportaciones, de ideas y de legados intelectuales compartidos, mientras que permanece más ambiguo respecto a aquellas memorias vinculadas al sufrimiento, la violencia y las víctimas.

Esta cuestión resulta especialmente interesante porque la memoria nunca es un concepto neutral. Los estudios contemporáneos sobre memoria histórica han mostrado que no existe una única memoria, sino múltiples memorias que compiten entre sí por definir el significado del pasado. No es lo mismo hablar de memoria cultural que de memoria democrática. No es lo mismo recordar las raíces de una comunidad que reconocer a las víctimas de una violencia histórica. No es lo mismo invocar la reconciliación que afrontar las responsabilidades derivadas de un pasado traumático.

Por eso, cuando un líder político o religioso habla de memoria sin especificar su contenido, el análisis no puede limitarse a registrar la presencia de la palabra. Debe preguntarse qué memorias son visibilizadas y cuáles se omiten.

Desde esta perspectiva, quizá lo más significativo de la visita de León XIV no sea tanto aquello que ha dicho sobre la memoria como aquello que ha decidido no decir. El silencio sobre determinadas memorias conflictivas constituye también una forma de posicionamiento. No necesariamente de negación, pero sí de delimitación del marco desde el que se aborda el pasado.

La importancia de la memoria en el cristianismo no responde únicamente a una preocupación histórica o cultural. Se encuentra en el núcleo mismo de la experiencia creyente. La tradición bíblica está construida sobre el mandato de recordar. Israel es continuamente invitado a hacer memoria de la esclavitud en Egipto, de la liberación, de las alianzas y de las infidelidades de su propia historia. La memoria bíblica no consiste en una simple evocación del pasado, sino en un ejercicio que actualiza acontecimientos anteriores para iluminar el presente y orientar la acción futura. Recordar implica asumir una responsabilidad ética. Por eso la memoria bíblica nunca es puramente celebrativa; junto al recuerdo de la salvación aparece también el reconocimiento de los errores, las injusticias y las rupturas que marcaron la historia del pueblo.

Esta dimensión alcanza su expresión más profunda en el cristianismo a través de la noción de anamnesis. Cuando Jesús pronuncia en la Última Cena las palabras “haced esto en memoria mía”, no está pidiendo únicamente conservar un recuerdo afectivo de su persona. La memoria cristiana consiste en hacer presente una historia de entrega, sufrimiento y esperanza que interpela permanentemente a la comunidad creyente. La Eucaristía constituye, en este sentido, el centro de una memoria que no mira únicamente hacia atrás, sino que transforma el presente y proyecta un horizonte de justicia y reconciliación. La memoria cristiana es, por definición, una memoria proactiva y transformadora.

Fue precisamente esta intuición la que Johann Baptist Metz desarrolló bajo el concepto de memoria passionis. Frente a las tendencias que reducen la fe a una experiencia privada o espiritualizada, Metz defendió que el cristianismo conserva una memoria peligrosa: la memoria de quienes sufrieron, fueron excluidos o derrotados por la historia. Esa memoria impide clausurar definitivamente el pasado y obliga a confrontar las heridas que permanecen abiertas. Desde esta perspectiva, la reconciliación auténtica no puede construirse sobre el olvido ni sobre una armonía superficial, sino sobre el reconocimiento del sufrimiento de las víctimas y la responsabilidad de las comunidades frente a ese sufrimiento. una memoria capaz de interpelar a las sociedades y a las instituciones desde el sufrimiento de quienes han sido excluidos, perseguidos o silenciados. Una memoria que no sólo recuerde el pasado, sino que transforme el presente.

A la luz de esta tradición teológica, las referencias de León XIV a la memoria adquieren una especial relevancia. La cuestión no es únicamente si el Papa apela a la memoria, sino qué comprensión de la memoria emerge de sus discursos. ¿Se trata principalmente de una memoria de las raíces culturales y espirituales que sostienen la convivencia?, ¿o incorpora también aquella memoria crítica que, siguiendo la tradición bíblica, la reflexión de Metz y las orientaciones de la Comisión Teológica Internacional invita a confrontar las heridas del pasado para hacer posible una reconciliación más profunda? La respuesta a esta pregunta resulta particularmente significativa en una sociedad como la española, donde las disputas sobre el pasado continúan formando parte del debate público.

Este tema resulta especialmente relevante cuando se analiza desde la perspectiva de una memoria inclusiva. El informe Hacia una memoria democrática inclusiva: investigación multidisciplinar sobre el robo de niñas y niños en el Estado español desde una perspectiva de género recuerda que la construcción de una memoria democrática exige incorporar también aquellas experiencias históricas que durante décadas permanecieron invisibilizadas o marginadas de los relatos públicos. Desde esta perspectiva, la memoria no consiste únicamente en conservar un legado común, sino también en reconocer a quienes quedaron excluidos de él y continúan reclamando verdad, reconocimiento, escucha y justicia.

En España, esta cuestión afecta a los debates sobre la Guerra Civil, la dictadura franquista y sus epílogos en una transición y democracia que no depuraron los vicios dictatoriales nacionalcatólicos. Nos referimos concretamente al fenómeno de la desaparición forzada de menores, los denominados ‘bebés robados’. El informe referido en el párrafo anterior señala un conjunto de prácticas desarrolladas durante décadas, que provocaron la separación forzada de miles de niñas y niños de sus familias biológicas y cuyas consecuencias siguen afectando hoy a numerosas víctimas. Más allá de las controversias jurídicas o historiográficas, el caso de los ‘bebés robados’ plantea una cuestión fundamental desde la perspectiva de la memoria: cómo integrar en el relato colectivo aquellas experiencias de sufrimiento que permanecieron durante años invisibilizadas o silenciadas, y qué papel corresponde a las instituciones -como la Iglesia católica- que, por acción, colaboración o silencio estuvieron vinculadas a ese contexto histórico.

Esta demanda de reconocimiento no pertenece únicamente al ámbito de la memoria social o de las asociaciones de víctimas. En los últimos años se han impulsado diversas iniciativas institucionales, entre ellas una proposición de ley estatal, profusamente trabajada por distintos grupos parlamentarios, destinada a garantizar los derechos a la verdad, la investigación, el reconocimiento, la justicia, la no repetición, y la reparación de las personas afectadas por el crimen de los ‘bebés robados’, reflejando la progresiva incorporación de esta cuestión a las políticas públicas de memoria democrática.

El ejemplo resulta especialmente significativo porque muestra que la memoria no se refiere únicamente a acontecimientos lejanos o a grandes relatos nacionales. También interpela a instituciones concretas y a comunidades vivas que todavía hoy deben enfrentarse a las consecuencias de decisiones tomadas en el pasado. En este sentido, la memoria cristiana, entendida como ejercicio de verdad y reconciliación, se encuentra llamada a dialogar no sólo con las tradiciones que una sociedad celebra, sino también con aquellas heridas que continúan reclamando escucha y reconocimiento.

Si la memoria que León XIV reivindica pretende fortalecer la dignidad humana y favorecer el encuentro, quizá uno de sus mayores desafíos consista precisamente en dialogar con aquellas memorias que, como la de los ‘bebés robados’, siguen recordando que la reconciliación sólo puede consolidarse plenamente cuando las víctimas encuentran un espacio efectivo de verdad, reconocimiento, escucha y justicia.

La pregunta, entonces, es si la memoria propuesta por León XIV se aproxima a esta memoria de las víctimas o si, por el contrario, se orienta hacia una memoria más anestésica y del perdón sin justicia. Por el momento, los indicios apuntan más bien hacia la segunda opción. El Papa ha insistido en la necesidad del diálogo, la convivencia y el encuentro, evitando adentrarse en las disputas concretas que atraviesan la sociedad española en torno al pasado.

Esta elección no debe interpretarse únicamente en clave española. Forma parte también de un estilo eclesial más amplio. La Santa Sede suele mostrarse prudente ante conflictos memoriales nacionales, especialmente cuando implican responsabilidades históricas complejas y afectan a comunidades profundamente divididas. El riesgo de ser percibida como un actor partidista es evidente. Sin embargo, esa misma prudencia la posiciona políticamente, y plantea interrogantes legítimos cuando se trata de contextos marcados por graves vulneraciones de derechos humanos.

Quizá el principal desafío que deja esta visita sea precisamente ese. En una época en la que las sociedades democráticas se preguntan cómo relacionarse con sus pasados traumáticos, la Iglesia católica también está llamada a reflexionar sobre qué significa recordar. ¿Es suficiente una memoria orientada a la reconciliación? ¿Puede haber reconciliación sin verdad? ¿Puede existir memoria sin reconocimiento de las víctimas? ¿Qué lugar ocupan la justicia y la reparación en el discurso eclesial contemporáneo?

León XIV ha hablado de memoria, ya lo hemos indicado. Lo ha hecho varias veces y en términos inequívocamente positivos, pero quizá la cuestión decisiva no sea si ha hablado de ella, sino qué tipo de memoria está proponiendo, la del perdón, la cultural, la del derecho internacional, porque realmente ninguna es incompatible con la memoria democrática, ausente en esta visita papal. Como bien sabemos quiénes trabajamos en el ámbito de la memoria histórica y los derechos humanos, el verdadero debate nunca ha sido si recordar o no recordar. El verdadero debate siempre ha sido qué recordar, a quién recordar y para qué recordar. Y es precisamente ahí donde los discursos de esta visita ofrecen un terreno tan sugerente como todavía abierto a la interpretación.

El Papa ha demostrado durante esta visita que es capaz de abordar algunas memorias dolorosas desde la escucha a las víctimas y el reconocimiento del daño. La cuestión que permanece abierta es cómo se proyecta esa misma lógica sobre otras memorias traumáticas presentes en la sociedad española. No sabemos si las ha evitado explícitamente, posicionándose así políticamente o no le han informado tan bien como en el caso de la migración, la polarización política o el empobrecimiento, cuestiones fundamentales en las que sí se ha mojado. Si desconoce este tema, ojalá que Su Santidad pueda leer estas palabras.

No se puede hablar de reconciliación sin verdad y justicia, de perdón sin reparación, de unidad sin memoria. No se pueden señalar unas heridas y obviar otras. No se pueden poner en valor a unas víctimas y seguir revictimizando a otras. ¿Acaso hay víctimas que pertenecen a un Dios menor?

Hay una duda que nos inquieta: ¿Puede una Iglesia destacar la memoria para favorecer el diálogo, fortalecer la convivencia y poner en el centro la dignidad de las personas, así como reivindicar con fuerza la tradición que ayudó a fundar el derecho internacional y los derechos humanos sin afrontar con igual intensidad aquellas situaciones históricas, como el franquismo y sus epílogos, en las que esos principios fueron vulnerados, incluso con la participación o el silencio de instituciones eclesiales?

Curiosamente, el día que León XIV volaba de vuelta a Roma, yo me encontraba volando hacia la misma dirección por temas académicos. Una de mis tareas obligadas siempre que estoy en la ciudad eterna es visitar a una madre. Sí, en esta ocasión, contemplando la Pietà de Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro del Vaticano, había comprendido de un vistazo las preguntas que deja la visita del Papa.

Frente a una tradición que a menudo ha privilegiado los grandes relatos, la Pietà sitúa en el centro a una madre sosteniendo el cuerpo lacerado de su hijo. No hay poder ni triunfo, sino vulnerabilidad, duelo y memoria. Desde esta perspectiva, la memoria cristiana no puede limitarse a la conservación de una herencia cultural o espiritual, sino que está llamada a reconocer el sufrimiento concreto de las víctimas y de quienes cargan con su ausencia. La Pietà recuerda que el sufrimiento concreto de las personas tiene rostro, nombre e historia; que detrás de cada víctima hay una biografía truncada, una familia y una ausencia que reclama ser reconocida.

María en los Evangelios es la que siempre está hasta el final, hasta los pies de la cruz. Es la que “guardaba todo en su corazón” precisamente para “recordar” que, etimológicamente, significa “volver a pasar por el corazón”. La figura de María resuena así con tantas mujeres que, en España, han buscado a sus hijas e hijos desaparecidos, desde las madres de los ‘bebés robados’ hasta otras mujeres que han sostenido la memoria frente al silencio y el olvido, a los pies de la cruz, sosteniendo a sus crucificados. Tal vez una memoria verdaderamente reconciliadora, como la que León XIV parece invocar, deba parecerse más a esa poderosa escultura.

Sí, se debe parecer más a la Piedad: una memoria que no renuncia a contemplar el dolor, pero que tampoco deja de afirmar la dignidad de quienes lo padecieron. Una memoria capaz de mirar de frente las heridas. Una memoria que escucha y reconoce a las víctimas sin convertirlas en prisioneras de su sufrimiento. Una memoria que, precisamente porque recuerda, lucha por la justicia.


Artículo publicado en Nueva Revolución

Mientras el Papa visita Madrid, yo sigo esperando saber quién es mi hija

Con motivo de la visita del Papa a Madrid, las víctimas de ‘bebés robados’ seguimos buscando a nuestras hijas/os y madres/padres. La apertura de los archivos de la Iglesia es una necesidad imperiosa para romper el muro de impunidad y poder conocer la verdad sobre la desaparición forzada de menores durante el franquismo y parte de la democracia. Por ello, nos unimos a la campaña de Podemos exigiendo a la Iglesia, y al Papa como máximo exponente, la apertura de estos.

Os compartimos las palabras y el video de nuestra querida compañera Pilar Navarro:

Soy una de los miles de madres, víctimas del franquismo. Mi caso fue en mayo de 1973; di a luz a mi 1ª hija en la clínica privada de Madrid Nuestra Sra del Rosario. Éramos un joven matrimonio. La interlocutora en la habitación del hospital fue Sor Pura de la Orden de Hermanas de la Caridad.

Me la pusieron en el pecho, sin anestesia, sin familiar al lado, la oí y sentí llorar, y en pocos minutos se la llevaron a lavar. Ya cerca de las 24 horas de su nacimiento, la monja nos dijo que la niña había muerto por problemas respiratorios y que, para evitarnos el dolor, ya habían hecho todo.

Pasados los años supe que: Sin cuerpo, sin registro no había pruebas y sin prueba no hay delito. No hubo duelo, ni tumba, sin derecho a dudar. Esta violencia no fue una excepción, fue un sistema, no un caso aislado. Fuimos miles de mujeres a las que nos sustrajeron a nuestros sus hijos.

De 1973 a 2011 fueron 38 años de mi vida en los que viví con el convencimiento de que mi 1ª hija había muerto. Fue en 2011 cuando descubro que podía estar viva, a través de escritos, libros, artículos y documentales, ¡cambia mi vida!, y 15 años hasta hoy, en búsqueda de algún dato de esa hija. Años de denuncia en el Juzgado, en la Audiencia y finalmente en el Tribunal Constitucional buscando amparo. NADA en todo el andar por la justicia en España y NADA de justicia obtuve. Nos llamaron locas al principio y ahora quieren silenciarlos de nuevo.

En la Asociación “Todos los niños robados son también mis niños”, a la que pertenezco, hemos hecho de todo: sacar estos crueles hechos silenciados, difundiéndolo por asociaciones, partidos, sindicatos, universidades, institutos de secundaria, exposiciones temáticas, presentar denuncia en lo que conocemos como Querella Argentina, y hasta trabajando una obra de teatro y haciendo representaciones durante 3 años. Y ya lo más importante para nuestro apoyo en esta búsqueda ha sido la elaboración de un borrador de ley que se presenta a las grupos parlamentarios, es registrado en el Congreso de Diputados, en 3 ocasiones, en 3 legislaturas.

Casi 9 años trabajando con diferentes grupos políticos, explicando y recibiendo enmiendas de casi todos los grupos parlamentarios. Pero lo más doloroso, si cabe, es que no hay voluntad política suficiente para que esta Ley consiga ser tramitada. De la dictadura no esperábamos nada, pero la Democracia está en deuda con nosotras y con aquellas/os que desconocen realmente su identidad. ¡El Estado español ha recibido 31 recomendaciones del Parlamento Europeo! El Estado no responde y mira para otro lado. ¿Acaso debe considerarse un “un estado de impunidad”?

¿Y la Iglesia?, integrante y participe de toda esta operación. Ahora que llega a España el Papa, no podemos callarnos, queremos pedirle que, al menos, abran los archivos de la Iglesia y ordene sacar a la luz toda la información que esclarezca la verdad, dando así un mínimo de apoyo a las víctimas de la desaparición forzada de menores

Y a la sociedad en general, conocedora ya de estos crímenes, le pedimos que no dé credibilidad a los negacionistas, que sepan que el texto de la proposición de ley es sencillo, que no pedimos dinero, ni queremos textos nuevos que generen más confusión. El Parlamento ya tiene el trabajo elaborado y entendemos que hay consenso social. Esta Ley es lo mejor que las víctimas esperamos para lograr los encuentros deseados. Verdad para alcanzar Justicia y que no se repita en otras familias.

Pilar Navarro Rico, en búsqueda de su hija.